PAX HISPANICA ET LEX MUNDI: EL DERECHO INTERNACIONAL NACIÓ EN CASTELLANO

I. El prisionero de Loevestein

En 1621 un jurista holandés de treinta y ocho años escapó del castillo de Loevestein escondido en un baúl de libros. La anécdota es célebre porque es perfecta: Hugo Grocio, condenado a cadena perpetua por las disputas religiosas de su república, salió de la cárcel literalmente dentro de una biblioteca. Lo que la anécdota no cuenta es qué había en aquella biblioteca. Dentro iban, entre otros, los españoles. Cuatro años después, exiliado en París, Grocio publicó el De iure belli ac pacis (Del derecho de la guerra y de la paz), el tratado que los manuales anglosajones presentan desde hace tres siglos como la partida de nacimiento del derecho internacional.

Hispania. Bajo una sola ley y justicia por igual,
los reinos avanzan PLVS VLTRA.

En sus páginas, Francisco de Vitoria aparece citado por su nombre cerca de sesenta veces. En el De iure praedae (Del derecho de presa), obra anterior e inédita en vida del autor, casi setenta. En el Mare liberum (El mar libre) de 1609, quince, y con reverencia explícita: de Vitoria figura allí entre los hombres erúditos, sobre todo españoles, en cuya autoridad el joven abogado de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales apoyaba su alegato. El dominico de Salamanca llevaba muerto más de sesenta años. Su deuda, en cambio, estaba viva, contante y contada.

Conviene fijar este punto con la frialdad de un auditor, porque todo lo demás depende de él. No se trata de una intuición patriótica ni de una reivindicación sentimental. El dominico Luis Alonso Getino documentó treinta y seis páginas de textos paralelos entre de Vitoria y Grocio. Ramón Hernández Martín contó las citas nominales una por una. Antonio Truyol Serra, el gran internacionalista español del siglo XX, lo resumió sin dramatismo: las ideas fundamentales de de Vitoria y de los españoles se difundieron por Europa a través de Grocio, mientras de Vitoria caía, a partir del siglo XVII, en un olvido del que no saldría hasta el último tercio del XIX. Y un testigo nada sospechoso de hispanofilia, el jurista estadounidense James Brown Scott, secretario de la Carnegie Endowment for International Peace, que dedicó buena parte de su carrera en los años veinte y treinta a demostrar que el fundador del derecho internacional moderno no era el holandés sino el fraile castellano.

Hasta Carl Schmitt, que desconfiaba de la operación de Brown Scott por razones propias, reconoció en El nomos de la tierra que de Vitoria fue el primero en formular un estudio sistemático del problema jurídico del Nuevo Mundo.

La pregunta, entonces, no es si la Escuela de Salamanca fundó la disciplina. Eso está documentado hasta el aburrimiento. La pregunta es por qué casi nadie fuera de España lo sabe, y por qué dentro de España lo saben muy pocos.

II. Cómo se fabrica un padre fundador

El derecho internacional que hoy se enseña en Georgetown, en la London School of Economics o en Sciences Po de París tiene una genealogía oficial: Westfalia 1648 como acta de nacimiento del Estado soberano, Grocio como padre intelectual, Thomas Hobbes y John Locke como teóricos del contrato, la Ilustración como madurez, la Carta de San Francisco como culminación. Es una historia limpia, progresiva y protestante. Es también, en su primer capítulo, falsa.

Un siglo antes de Westfalia, entre 1526 y 1546, Francisco de Vitoria dictó desde su cátedra de Prima de Teología en Salamanca las relecciones que fundan la materia: la De indis (Sobre los indios) y la De iure belli (Sobre el derecho de guerra). Allí están, formuladas por primera vez con método y sistema, las piezas que el canon atribuye a autores posteriores: la comunidad internacional como totus orbis, todo el orbe, una sociedad de repúblicas perfectas e iguales en derecho; el ius gentium, el derecho de gentes, como derecho entre pueblos y no como apéndice del derecho civil romano; la guerra sometida a requisitos de causa justa, autoridad legítima y proporcionalidad; la libertad de comunicación, tránsito y comercio; y el rechazo expreso de los títulos de conquista que la propia potencia del autor invocaba: ni el descubrimiento, ni la donación papal, ni la supuesta infidelidad de los indios, ni el imperio universal del emperador daban derecho alguno sobre las Indias. Domingo de Soto sistematizó la justicia y el derecho en el De iustitia et iure (De la justicia y del derecho). Francisco Suárez, en el De legibus (De las leyes) de 1612, definió la sociedad internacional con una precisión que Grocio elogió por escrito y llevó la teoría de la ley al umbral mismo de la secularización: el famoso etiamsi daremus grociano, el aunque concediéramos, la validez del derecho natural incluso si Dios no existiera, estaba ya ensayado en la escolástica tardía española.

Escuela de Salamanca. Aquí, a la luz de las velas, escribieron la ley que gobernaría a las naciones, y las naciones que la heredaron los borraron del relato.

Grocio leyó todo esto, lo citó y lo reelaboró con talento innegable. No es un plagiario: es un heredero. El problema no es Grocio. El problema es la posteridad que decidió que la herencia no existía. Esa decisión tiene fecha, mecanismo y beneficiarios.

La fecha es el largo declive español entre la Paz de Westfalia y Utrecht. El mecanismo es doble. Primero, la escuela racionalista del derecho natural, Samuel von Pufendorf a la cabeza, proclamó a Grocio fundador de un iusnaturalismo nuevo, y esa proclamación interesada, como señaló Truyol, le fabricó una fama acaso inmerecida: un canon necesita un padre presentable, y un fraile dominico del imperio de Felipe II no lo era para la Europa del norte. Segundo, la leyenda negra proporcionó el marco moral: si España era el oscurantismo, la Inquisición y la crueldad, nada intelectualmente fundacional podía haber salido de Salamanca. La operación se consolidó en el XIX, cuando las historias nacionales del derecho se escribieron desde Berlín, Londres y París. El resultado es el que cualquier lector puede comprobar hoy en un manual anglosajón medio: de Vitoria y Suárez, cuando aparecen, son precursores, teólogos, nota a pie de página. El pensador original queda como antecesor remoto de su propia idea, mientras un lector aplicado suyo es encumbrado como pionero de la Modernidad. La paradoja la han señalado ya juristas mexicanos y españoles: no es historia, es historiografía de vencedores.

Que la rehabilitación seria viniera de un estadounidense, Brown Scott, y de un alemán, Schmitt, cada uno con su agenda, añade la ironía final: ni siquiera la recuperación de Salamanca fue empresa española. Schmitt, además, dejó escrita la advertencia que importa: quien controla el relato de los orígenes controla la legitimidad del orden presente. Brown Scott reclutó a de Vitoria para el proyecto wilsoniano de criminalizar la guerra de agresión; el canon anglosajón lo había borrado antes para adjudicarse la paternidad del sistema. En ambos casos, el fraile fue instrumento. Nunca sujeto.

III. Los dos imperios ante el espejo

El borrado de Salamanca no fue solo académico. Fue necesario, porque mantener a de Vitoria en el centro del relato obligaba a comparar, y la comparación resultaba insoportable para la potencia que heredó el dominio de los mares.

Cartagena de Indias. La llave del Caribe español. En 1741, Blas de Lezo, con un ojo, un brazo y una pierna, humilló a la mayor armada de Inglaterra hasta la fecha: 200 barcos, 25.000 hombres, y las monedas que Londres acuñó cantando la victoria. La ciudad no se rindió. La armada se retiró diezmada, no por el cañón sino por la fiebre y el fracaso.

Compárese, pues, con fechas y no con adjetivos. En 1503, la reina Isabel I de Castilla, la Católica, instruye al gobernador Nicolás de Ovando para que autorice los matrimonios entre españoles e indias, porque los indios son vasallos libres de la Corona. En 1512, las Leyes de Burgos declaran por escrito que los indios son hombres libres. En 1514, una real cédula de Fernando II de Aragón, el Católico, reconoce plena validez legal a los matrimonios mixtos y plena legitimidad e igualdad a su descendencia. En 1542, las Leyes Nuevas prohíben la esclavitud del indio y atacan la encomienda hereditaria. En 1549, sucede algo que no registra ninguna otra expansión imperial de la historia: el emperador Carlos V (Carlos I de España) suspende las conquistas para examinar si son lícitas. Entre 1550 y 1551, la Junta de Valladolid sienta frente a frente a fray Bartolomé de las Casas y a Juan Ginés de Sepúlveda para debatir públicamente si la guerra contra los indios tiene justos títulos, y la tesis de la servidumbre natural sale derrotada: la obra de Sepúlveda no obtiene licencia de impresión en Castilla. En 1551 se fundan las universidades de Lima y de México, que gradúan a súbditos de todas las sangres del virreinato mientras en el norte del continente no existe todavía ni una sola imprenta inglesa. El resultado demográfico está a la vista cinco siglos después: la América hispana es mestiza porque el indio fue vasallo, cristiano, cónyuge y ciudadano; la América anglosajona es lo que queda tras el desplazamiento y la reserva, porque el nativo fue siempre exterior al cuerpo político. En Estados Unidos, los indios no fueron ciudadanos por ley general hasta 1924, y los matrimonios interraciales fueron delito en decenas de estados hasta 1967. La cédula equivalente española llevaba entonces cuatro siglos y medio en vigor.

Nada de esto supone idealizar la gesta descubridora española. Hubo encomenderos brutales, incumplimiento de las leyes, catástrofe demográfica por la enfermedad, hubo codicia y crueldad, y fueron precisamente españoles, fray Antonio de Montesinos, de las Casas, de Vitoria, quienes lo denunciaron con una libertad que asombra: el sermón de Adviento de 1511 se predicó delante de las autoridades coloniales, y las relecciones contra los títulos de conquista se dictaron en la universidad del imperio, con el emperador irritado y las lecciones intactas. Esa es exactamente la diferencia. El imperio español generó desde dentro, en plena expansión, un aparato crítico jurídico y teológico que limitaba al propio poder. El imperio rival no celebró ningún Valladolid. No hubo junta en Londres para debatir los títulos sobre Virginia, ni relección en Oxford contra la remoción de los cherokees, ni cédula en Washington equiparando al sioux con el colono. Donde Salamanca preguntó con qué derecho, la frontera anglosajona respondió con el destino manifiesto.

Gerónimo. El crucifijo, el caballo pinto, el mosquetón. Dueño de su destino y de su nación apache, como ciudadano libre y de pleno derecho bajo la Pax Hispanica.

El pensamiento que sostuvo aquella autocrítica no era blando. Era el de una sociedad de disciplina castrense y misión asumida, la de los tercios y Lepanto, que podía permitirse el examen de conciencia precisamente porque no dudaba de sí misma. La dureza espartana y el escrúpulo teológico no eran contradicción: eran el mismo temple aplicado al campo de batalla y al aula. Un poder que se sabe fuerte puede preguntarse si es justo. Un poder que se sabe construido sobre el despojo necesita una historiografía que borre a quien hizo la pregunta.

IV. La subordinación presente

Y aquí el ensayo deja de ser historia. Porque el borrado de Salamanca no es una injusticia de anticuario: es la primera pieza de una arquitectura de subordinación que sigue operativa, y que conviene describir con actores concretos y no con fantasmas.

La pieza intelectual: las élites académicas, diplomáticas y mediáticas españolas se forman mayoritariamente en el canon que borra a sus propios fundadores. El estudiante español de relaciones internacionales aprende Westfalia, Grocio, Hobbes y la escuela inglesa, cursa su máster en el circuito anglosajón y vuelve a casa pensando el mundo con categorías fabricadas por la potencia que escribió la leyenda negra. No hay soberanía estratégica sin soberanía conceptual: un país que piensa su posición en el mundo con el manual del hegemón solo puede ocupar el lugar que el manual le asigna.

La pieza estratégica: los Pactos de Madrid de 1953 cedieron suelo español a bases estadounidenses a cambio de reconocimiento y ayuda, en condiciones de desigualdad que ningún tratado posterior ha revertido en lo esencial. Rota y Morón siguen siendo, setenta años después, infraestructura de proyección de una potencia ajena, y la integración en la OTAN de 1982 a 1986 consolidó la subordinación en lugar de negociarla. España no ha tenido desde entonces una política exterior propia en ningún expediente que afectara a los intereses de Washington, de Iraq a los aranceles.

La pieza económica y tecnológica: sectores estratégicos enteros, energía, telecomunicaciones, defensa, banca, tienen su capital y sus centros de decisión fuera; los fondos anglosajones son primeros accionistas de medio IBEX; y la digitalización del propio Estado, de la sanidad a la inteligencia, se está adjudicando a contratistas tecnológicos estadounidenses cuya función histórica, documentada en sus propios contratos con las agencias de su país de origen, es la extracción de datos como materia prima estratégica. La soberanía del siglo XVI se defendía en Lepanto; la del XXI se pierde en una prestación de servicios en la nube.

Frente a esto, la fórmula fácil sería atribuir la erosión a una conspiración con nombre confesional o étnico. Es la tentación que este ensayo rechaza expresamente, y no por prudencia sino por rigor: las estructuras descritas, canon académico, dependencia militar, capital extranjero, contratismo tecnológico, son verificables documento en mano, y bastan. Quien necesita añadirles una demonología es que no ha hecho el trabajo de archivo. Y quien la añade regala al adversario el pretexto perfecto para no responder a lo verificable. La leyenda negra funcionó exactamente así, como demonología contra España; la respuesta no puede ser fabricar la propia.

Marcha del Destierro. Una columna de nativos cautivos va camino de la reserva, con la caballería de EEUU. El caballo de hierro avanza hacia el oeste, marcando el fin del mundo de las Naciones Indias. Una Leyenda Negra, real barrida bajo la alfombra.

V. La corrección epistémica: apertura de una serie

Qué hacer no es misterio. Es trabajo, y el trabajo que viene exige más espacio del que cabe en un cierre. Por eso este ensayo no termina: abre. Cada uno de los frentes que siguen recibirá su propia entrega en estas páginas.

Primera entrega: restaurar la genealogía. Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Francisco Suárez deben volver al centro de los planes de estudio españoles e hispanoamericanos de derecho y relaciones internacionales, no como reliquia sino como caja de herramientas: el totus orbis vitoriano es hoy un instrumento más fino para pensar un mundo multipolar que la soberanía westfaliana absoluta, porque admite comunidad sin imperio y pluralidad sin anarquía. La cátedra es una trinchera y lleva tres siglos abandonada. Habrá que documentar quién la abandonó, cuándo y a cambio de qué.

Segunda entrega: la historia comparada de los dos imperios, con archivo y sin complejo, en español y en inglés, porque la batalla es también de idioma. Cada dato de este ensayo, la cédula de 1514, la suspensión de 1549, Valladolid, las universidades de 1551, la ciudadanía de 1924, el matrimonio de 1967, es un proyectil documental que la historiografía dominante no puede desactivar, solo silenciar. El silencio se rompe publicando.

Tercera entrega: la auditoría de la subordinación presente. Bases, licitaciones tecnológicas, propiedad de los sectores estratégicos, y el inventario de las fuerzas de demolición interior que trabajan la balcanización de la propia nación, porque ningún país audita su dependencia exterior mientras se desmonta por dentro.

Cuarta entrega: la solución. No habrá en ella rencor ni lamento, porque el rencor es el lujo de quien no piensa trabajar. Habrá un programa: el renacimiento del temple espartano y ético como señal de fortaleza, la claridad de mente antes que el músculo, la obra antes que el gesto. No imperio, que los imperios no vuelven ni deben volver, y tampoco la fórmula dinástica que lleva tres siglos administrando el declive: una nación adulta, dueña de sus instituciones, con la vista puesta al otro lado del Atlántico, en la iberosfera que comparte su lengua, su derecho y su memoria. Pero primero España misma, que nada se construye desde un solar en demolición.

Grocio salió de Loevestein dentro de un baúl de libros, y dentro de aquellos libros iba Salamanca. La imagen sirve de cierre porque describe el estado exacto de la cuestión: el pensamiento español lleva cuatro siglos viajando de contrabando dentro del equipaje de otros, citado en los orígenes, borrado en los manuales, operativo en la estructura misma del orden que se niega a nombrarlo. Abrir el baúl no es un acto de rencor. Es, en el sentido más estricto, un acto de justicia expletiva: cobrar exactamente lo que se debe, ni más ni menos. de Vitoria habría aprobado la definición. La escribió él primero.

Skull & Bones. Esta interpretación del artista los hace parecer salidos todos de la misma lista corta de linajes de internado de Nueva Inglaterra. Esa mirada de «el futuro es nuestro» es inconfundible, posando presuntamente ante el cráneo robado de Gerónimo.

M. A. Rozas Pashley es periodista, analista geopolítico y de seguridad, afincado en Madrid. Coeditó el libro «Día de la Infamia» (2002, Esfera de los Libros, Madrid), presentado en el IEEE (Instituto Español de Estudios Estratégicos, CESEDEN, Ministerio de Defensa) y es autor de «On the Road to Transhumanism: Staring Into the Dark Side of Scientific Progress» (julio de 2026, ebook de Amazon Kindle bajo el sello Quantum Wildchild).